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Grafitis y política: apuntes sobre intervenciones y espacio público

Lo que pasa con los grafitis en Avellaneda y en la Ciudad de Bs. As. es bastante representativo de las políticas para espacio público de sus respectivos gobiernos (kirchnerista en provincia, del PRO en Capital). De uno y otro lado del Riachuelo, cierto tipo de intervenciones desafía ambas lógicas. Acá van algunas observaciones sobre paredes y política.

Comencemos por la Capital. La ciudad abunda en tags, stencils, pintadas, pegatinas, bombas, piezas y murales. Pero no todas estas formas de intervención son consideradas de la misma manera. Mientras que algunos esténciles y pegatinas, y muchas piezas y murales son legitimados como arte callejero (o street art) en galerías, museos y espacios institucionales; los tags, las bombas y las pintadas (letras, palabras, frases, en aerosol o fibrón) tienden a verse como simples actos vandálicos.

Palimpsesto Palimpsesto2

En general, las formas “consagradas” se caracterizan por su atractivo visual (composición, colores, personajes, etc.), y por la destreza técnica que demuestran, ya que mayormente son realizadas por personas o grupos con una formación estética en artes visuales y/o diseño gráfico. En general, provienen del taller o el estudio y, tarde o temprano, remiten a un autor. Lo que suele destacarse de estas obras es que dan color y embellecen el paisaje urbano (o la pared del living), que aportan una cuota de imaginación y surrealismo a la cotidianeidad (y en verdad hay cosas asombrosas). Lo que más se valora es su aspecto estetizante.

Sos bienvenido Puesta en valor

Curiosamente, donde más proliferaron este tipo de intervenciones fue alrededor de, entre otros, dos barrios muy turísticos, como son San Telmo y Palermo. De hecho estos dos barrios y sus aledaños, se fueron convirtiendo en circuitos tanto para turistas “cazadores” de graffiti como para artistas extranjeros de visita o residentes en la ciudad, que ya es un nuevo referente del arte urbano global. De hecho las paredes y fachadas de varios hostels y casas de alquiler temporario están intervenidas por sus propios huéspedes. El sitio más notorio donde confluyen turismo y street-art es en Puerto Madero, específicamente en un lugar que algún creativo dio en llamar “Faena Art District”, en las inmediaciones del hotel homónimo.

Uno de los efectos colaterales del desarrollo de estos barrios tan rentables fue la gentrificación: esto es, ola de desalojos y aumento de las propiedades y alquileres en favor de grandes proyectos inmobiliarios. Y la privatización de espacios públicos, que viene desde las primeras rejas cuando De La Rúa era intendente. Y continuaron todos sus sucesores con el mobiliario urbano anti-permanencia y pro-publicidad, y ahora con las muy promocionadas cámaras de seguridad.

También es algo que las grandes empresas tienen clarísimo: de la mano de la mediatización y virtualización de la vida cotidiana es fundamental la ocupación del espacio público. Entonces tenés tele gratis, diarios gratis, anuncios en los escalones del subte, en los respaldos del colectivo, en los pasamanos del tren, además de los tradicionales carteles, ahora devenidos pantallas.

Antigraffiti Hicimos más Macri

Una de las características de la gestión de Macri es inundar la ciudad con carteles amarillos (y varias empresas y organizaciones parecen trabajar en sincronía). En cada edificio de la administración estatal, por más que se caiga a cachos, se pueden leer frases confusas para nombrar tareas de mantenimiento, junto a su logo simplificado y clarísimo. Pocas obras vistosas, en áreas de interés mediático como transporte y seguridad, y producir bastantes spots televisivos, cartelería, folletería y páginas web: es decir, crear imagen, hacer marca. No importan el estado de las escuelas ni las condiciones de docentes y alumnos: hay que hacer carteles con alguien en guardapolvo y un eslogan vacío como “Más educación”. Y lo mismo aplica para las áreas de Cultura y Salud. Más importante que hacer es decir y mostrar.

Subte A Puan - Paco Urondo Subte Carabobo

En consonancia, el gobierno de Mauricio buscó apropiarse de la imagen “cool”, joven, moderna y cosmopolita del arte urbano, por ejemplo, inaugurando murales comisionados para las nuevas estaciones de subte Puán y Carabobo. Un grupo de artistas callejeros seleccionados (muchos capos, posiblemente los de mayor trayectoria y estilo) convocados para pintar algunos metros cuadrados permitidos. Al mismo tiempo que Metrovías y Macri usan de excusa el “vandalismo” de los graffiti para cambiarle a la línea B su histórico color rojo por el omnipresente amarillo.

Luego, así como hay un roquero, una estudiante jipona, un laburante o una jubilada, pusieron a un grafitero, manchado de pintura, con su aerosol y un fondo colorido en uno de los carteles de “Vos sos bievenido”. Pero paralela y paradójicamente, desde la Jefatura de Gabinete (a cargo de Rodríguez Larreta) se impulsó una “Campaña Anti-Graffiti”, llevada adelante por una brigada que “limpia” la ciudad. Ver nota.

Anti-graffiti

Y a esto se suman las actividades de los Jóvenes PRO, que los fines de semana se dedican a blanquear paredes (¡gracias, chicos!). (Me pregunto: ¿no se les ocurre pintar algo ya que están?) Por otra parte, los únicos que pintan a favor de Macri son los muchachos de las unidades básicas que adhirieron al PRO. No vi ni una pintada con aerosol que lo apoyara, y sí en cambio mucho bigotito y otras intervenciones en sus afiches (pero “el chantaje de la superioridad numérica” es difícil de contrarrestar). En síntesis, la estrategia de Macri consiste en apropiarse de la imagen y combatir la práctica.

Venimos bien como el orto Macri malo

Veamos ahora lo que sucede del otro lado del ex Río Matanza.

En 2009, Cacho Álvarez (intendente 1991-1999, y 2003-2009) se fue para acompañar la gestión del inamovible gobernador bonaerense, Daniel Scioli. En su lugar quedó el Ingeniero Jorge Ferraresi, que había estado durante los dos períodos (14 añitos) en Obras y Servicios Públicos.

Una de las primeras medidas del nuevo intendente de Avellaneda fue pintar muchísimas paredes y paredones del partido de color verde brillante. Especialmente en lugares medio abandonados, cercanías de asentamientos, perímetros de fábricas, galpones, vallas, abajo de los puentes y autopistas, de este distrito bastante industrial y abundante en villas.

Ferraresi Concurso de murales

En algunas paredes se veía, se ve, un esténcil “manuscrito” de la Municipalidad de Avellaneda, y la firma “manuscrita” del Ing. Jorge Ferraresi Intendente. Otros lucían una mancha negra, como una gran salpicadura y anunciaban en letras blancas: En esta pared vas a descubrir a otro artista de la Ciudad. Los beneficios eran al menos dobles. Por un lado comunicar quién es la nueva autoridad, el sucesor de un peso pesado. El segundo, ocupar las calles, señalizarlas. Afirmar: “Esto no es tierra de nadie, acá está la MdA, el Estado”. En especial si tenemos en cuenta lo que fue ocurriendo a la par en capital con alquileres y desalojos, hasta llegar al clímax del Parque Indoamericano. Por otra parte, no sin cierto beneficio inmobiliario, se enfatizó un aspecto destacado de la localidad: cultura y artes.

La Muni organizó el Primer Concurso de Murales. Los ganadores, 10 seleccionados, tendrían un espacio y todos los materiales para plasmar su boceto en un lugar visible del partido. El jurado estaba integrado por el mismo Ferraresi, el eterno secretario de Cultura, Hugo Caruso, y un par de muralistas compañeros. No se perciben en la obra de los seleccionados más méritos que en los que no, a veces por el contrario… Incluso los primeros murales eran, cuando no obsecuentes, medio intimidatorios, policiales: “Aseo”. “Cuidado, cuidate”. “Respeto”. “Te estamos buscando”. “Se mira y no se toca”.

Aseo Family

Pero luego tuvieron el buen tino de aprovechar el entusiasmo que se despertó con la convocatoria, y asegurarles a todos los participantes que cada cual tendría su espacio: las paredes y la pintura. Y poco a poco empezaron a proliferar las obras, estéticamente muy dispares. Se puede objetar que todo el contenido está supervisado por el gobierno. Que hay algo de pasantía (o militancia): se cubren los materiales pero no se paga el trabajo. Que todo tiene el gancho de una gestión. Aunque claramente son condiciones más favorables para las personas que pintan en la calle, favorecen la práctica. Para los artistas está bueno que te banquen (sea el estado o un espónsor o ambos), que te den espacio, que no te persigan por lo menos. Y tener un “intendente grafitero” puede ayudar con la policía: “¿Qué pasa, oficial? Soy otro artista de la ciudad.

Algunos escritores de graffiti y artistas callejeros no se aguantaron la ansiedad de ver paredes disponibles y que pasaran los meses sin que las pintasen. Así que, aprovechando la virtual “legalización”, decidieron tomar la iniciativa y meter manos a la obra (auto-costeando los gastos). Así aparecieron cantidad de trabajos “no comisionados”, a veces difícilmente distinguibles de los otros: dibujos, bombas y piezas, esténciles, algunas frases. Los barrios se fueron poniendo coloridos. La Municipalidad mostró cierta tolerancia. Y no podría esperarse menos: es lo que pregona el espíritu plural de la luchada Ley de Medios, ¿no?

031 Mural mercado

Y por cierto, el kirchnerismo sabe usar las prácticas populares de comunicación para respaldar reivindicaciones, para foguear la lucha mediática, para construir mística: un claro ejemplo son los esténciles del Nestornauta (o Eternéstor), los de la pareja (“Leales”) o Cristina sola, así como varios íconos peronistas (desde el mismísimo General y Evita -con pelo suelto- a Cámpora, Jauretche, Tosco…), o emblemas revolucionarios (Tupac Amaru, Moreno, El Che, etc). Las distintas agrupaciones aportan sus eslóganes en plantillas cortadas rudamente (“La historia nos convoca”, “Unidos o dominados”) y a mano alzada: esto fue notable durante el ya olvidado conflicto con el campo sojero (“Con la comida no se jode”, “Ni lo intenten” y otros), o en la pelea con el siniestro Grupo Clarín (“Clarín miente”, “Todo Negativo”). En la arena pública, esténciles y aerosoles son dos armas de comunicación más para defender el modelo.

Patria al hombro Nestornauta

También surgen numerosos grupos, con mayor o menor grado de afinidad y autonomía, que pelean por sus derechos. A veces el gobierno apoya esas causas (Memoria, Verdad y Justicia, matrimonio igualitario), a veces las tolera o alienta a través de guiños cómplices de funcionarios o congresistas (despenalización de la marihuana, derecho al aborto), a veces silencio y cambio de tema (Julio López, Luciano Arruga, represión a la comunidad Qom, mega-minería…). Claro que los grupos mediáticos no van a ponerse del lado de esos reclamos porque también atentan contra los intereses de sus anunciantes o inversionistas. Y aquí se evidencia que muchas cosas siguen sin encontrar cauce, ni en el discurso de los medios hegemónicos ni en los discursos “anti-hegemónicos” del gobierno.

En el microcentro es notable: en la zona del Congreso, en 9 de julio entre Belgrano y el Obelisco, en las Diagonales Norte y Sur, por Avenida y Plaza de Mayo. A través de las pintadas se visibilizan varios temas que conciernen a grandes minorías y se van deslizando en la agenda política: acceso a la vivienda, territorios y propiedades (“No a los desalojos”, “La tierra es nuestra vida”, “El agua vale más que el oro”), despenalización de la marihuana (“Legalícenla”, “Autocultivo”), derecho al aborto (“Seguro, legal y gratuito”), luchas al interior de sindicatos (Mariano Ferreyra, Subtes…). Y bueno: “si los medios callan, que hablen las paredes”.

La soja mata Desalojos - Foto: Marina Martinez

Volviendo a Avellaneda, dio pena ver que algunos trabajos fueron tapados, y no necesariamente por tener un contenido ideológico opositor: solamente por no tener autorización, por estar “fuera de lugar”. El motivo volvió a quedar claro con la aparición de unos carteles a propósito de las Primarias de agosto y las votaciones de octubre. “En estas elecciones te pedimos madurez”. Una vez que la intendencia copó el espacio público les demanda a los demás que lo “cuiden” porque: “La ciudad es de todos”. La idea es que, salvo Ferraresi, todos hagan campaña sólo en los lugares autorizados, o sea, los espacios publicitarios que la Municipalidad concesiona y un par de empresas administran: estado y mercado se reparten la legitimidad del uso de nuestro hábitat.

Evita Te pedimo madurez

Pero inevitablemente el grafiti, desde el puro “vandalismo” al arte urbano más sofisticado, desafía en la disputa por el espacio público a la vieja retórica de la pintada partidaria con letra de molde tanto como a la inundación sofocante de las campañas publicitarias.

Las pintadas en letra de molde antes rivalizaban sólo entre sí: como meadas de perro para marcar el territorio, una vez que se repartían las zonas era sólo cuestión de mantenerlas. Se las sigue viendo en la periferia y son un recurso importante para los partidos políticos más chicos que no pueden pagar grandes carteles. Pero desde hace un tiempo, las pintadas proselitistas tuvieron que vérselas con distintos tipos de intervenciones callejeras, que por un lado las tapan y por otro las vuelven estéticamente anticuadas, obsoletas. Con la publicidad ocurre algo similar por vía del “sabotaje” (arrancar carteles, taparlos, mancharlos, etc.), o la tergiversación, es decir, intervenciones meditadas que al agregar, suprimir o superponer elementos cuestionan los mensajes de las marcas y los candidatos (pegatinas de palabras, collages con imágenes, narices rojas, esténciles con íconos o celebridades, etc.).

También hay una cantidad de otras manifestaciones, más o menos elaboradas, que afirman “nosotros también tenemos derecho” a vernos en la ciudad, algo tenemos que hacer con el bombardeo que recibimos a diario, la belleza no son los modelos y productos que ofrecen para algunos las gigantografías: esta es mi firma y este mi lugar (nombres, tags, bombas, piezas), estos son mis gustos (fútbol, música, citas…), esto surge de mi imaginación, esto es lo que considero bello, movilizador, divertido, necesario, esto lo que nadie ve o dice (dibujos, plantillas, murales, intervenciones…).

La rutina es el hábito Hormigas - Gonzalo Dobleg

Guste o no, en estas prácticas, preponderantemente juveniles, la irreverencia, la rebeldía, la transgresión, la ocurrencia, la espontaneidad, el riesgo son centrales. Los escritores de graffiti (aquí hablo en particular de tags, bombas, vómitos, etc.) disputan el territorio que los partidos políticos solían acaparar con apellidos de candidatos y cargos, y las marcas con su abrumadora incitación al consumo. Más allá de los egos exaltados, se suelen organizar en equipos (crews) y elaborar creaciones colectivas, y son admirables la intrepidez y las estrategias que ponen en juego. Lamentablemente, en algunos casos lo hacen reproduciendo la lógica patotera de “acá pinto yo y si te engancho, sos boleta” (demasiadas películas de pandilleros del Bronx, quizás), y tal vez es algo a superar el código establecido de taparse mutuamente en nombre de un yo/nosotros vuelto marca.

En ese sentido, quienes hacen plantillas y murales parecen mostrar mayor voluntad de colaborar con otros. Tal vez simplemente reconocen el trabajo de los colegas, y son conscientes de lo que salen los materiales. Tal vez sea solo una cuestión de edades, de tendencias o de elaboración conceptual. En las intervenciones llamadas “post-graffiti” parece haber una mayor voluntad de comunicación con los transeúntes: no es la mera afirmación de un yo, ni un código cerrado para entendidos, se concibe de otra manera lo público del espacio. Y claro que también es política la forma de relacionarnos con los otros.

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te veo en mis sueños - Subte B

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Basta de tributo, mono - Sindicato de Trabajadores Freelance - Corrientes 4200En Corrientes 4200, Villa Crespo.
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sos como la llave de mi casa - Pringles 900Pringles 900, Villa Crespo.
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sos la casa de mi pija

sos la casa de mi pija

Carrillo al 100, Constitución.
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Una biografía grafitera

pinto y me voy - Gutiérrrez 1200, Dock Sud

Cuando coleccionás grafitis (supongo que pasa con cualquier cosa que colecciones), no podés dejar de notarlos. Además de que abundan. Creo que, más allá de la obsesión, en la ciudad no hay una sola cuadra sin marcas: aunque sea una firma, un dibujito, un mensaje, fijate bien, porque en algún lugar están. Es lógico, natural podría decir: ese impulso expresionista incontenible. No hay que ir hasta las cavernas. Dale un lápiz a un nene y libertad, y lo más probable es que pinte una pared.

Con la escolaridad llega el control (empecé primer grado con Malvinas). Recuerdo siempre como una tensión las ganas de dejar los nombres/apodos, los clubes, las bandas, o corazones, o saludos, o bromas, en bancos, en paredes, en puertas. Y los castigos, y los sermones sobre que mis derechos terminan donde empiezan los de los otros, el no confundir libertad y libertinaje, no hagas acá lo que no harías en tu casa… ¿Qué dicen? Si mi pieza la tengo toda pintada… Y las carpetas llenas de garabatos. Y en séptimo me acuerdo de la costumbre de fin de curso de escribirse todos los guardapolvos: el deseo de individuarse donde las instituciones uniformizan.

Sobre todo en la adolescencia, que hay una necesidad irreprimible de expresarse. Pero a los chicos no los dejan apropiarse de su “segunda casa”, con el argumento de que son espacios compartidos (bueno, que los otros pinten también); de que es desprolijo o sucio, es decir vandálico, lo que en realidad significa: acá la autoridad está siendo desafiada. Creo que hay problemas en las escuelas (públicas o privadas) mucho más profundos que la apariencia de sus edificios: eso es una simple manifestación de un orden que se desmorona, porque las formas nuevas lo están desbordando.

Empecé a prestarle a los grafitis otra atención entre los once y los doce, porque los hermanos más grandes de mi amigo El Chueco, andaban por la plaza y las esquinas con un aerosol, que nosotros usábamos, tímida y emocionadamente, en un cuarto de herramientas al fondo de la casa de ellos. No podíamos ser más obvios: “Pink Floyd The Wall”. Me acuerdo en ese entonces de Los Vergara escribiendo grafitis. Tenían una seccion en la revista “Eroticón Humor”: frases ocurrentes que involucraban a políticos y personajes de la cultura o la farándula. Hace poco descubrí en Dock Sud una pared llena de frases ingeniosas de ese estilo debajo de un gran “Feliz 1991”, pintada por los vecinos, deduzco. Pienso que es un fenómeno muy ligado al afianzamiento de la democracia: cuando se volvió a poder circular de noche (aunque la policía siga siendo de la dictadura). El fin del silencio aterrorizado. La vuelta de los partidos políticos y sindicatos. El destape. El comienzo de la FM y el aluvión del rock.

Durante los ’90s, mi adolescencia, tengo el grafiti asociado con bandas emergentes: pintar con aerosol y pegar calcos eran parte del camino hacia la fama tanto como conseguir fechas, repartir volantes o grabar un demo. Por esa época egresaban las primeras generaciones que habían vuelto a tener centros de estudiantes. Eran los años de la Ley Federal de Educación, y de los indultos de Menem. También de los escraches y el surgimiento de HIJOS. Los murales en aquellos años los hacían las organizaciones sociales, y muchas veces suponían toda una estética militante, latinoamericanista, con referencias cubanas y del caribe revolucionario. Paralelamente, a nivel macro la política se convertía en sinónimo de transa, y comenzaba el descrédito que iba a terminar a principios del nuevo siglo con el “Que se vayan todos”.

También los 90s fueron la época de la clase media viajando por el mundo. Hasta los más ratas podíamos llegar por tierra hasta Colombia, Perú, por lo menos: una horda de cronistas que traían novedades. La época del neoliberalismo feroz, la globalización, las importaciones: CDs, TV por cable, PCs clonadas, Internet. Fueron cambios culturales muy profundos, en la forma de percibir el mundo y de comunicarse. El diseño se convirtió en un requisito casi indispensable para cualquier cosa a compartir: el mejor ejemplo, me recuerda un compañero, es el flyer para invitar al cumpleaños.

Para 2001 estaba realmente espeso el clima. En las calles había mucha gente. Empezaron los piqueteros en las rutas del interior, durante los años de ajuste. Después se levantaron los barrios periféricos. Luego estallaron las ciudades: Buenos Aires estaba cubierta de pintadas, muchas pidiendo trabajo y dignidad, otras expresiones de bronca o hastío, muchas apelando a la imaginación. Los que no emigramos tuvimos que poner la creatividad al mango. A la vez como tenías garantizado no ganar un cobre, mejor hacer algo que te gustara, y mucha gente se dedicó a crear. Oscar (Brahim), el taxista del documental, fue en buena medida la personificación de la época.

Algunos sitúan ahí el comienzo del arte callejero (alias street art) en Argentina. La novedad fueron los dibujos tipo historieta, o cómic, entre infantiles y empepados (pienso en la “consagración” de Liniers). Proliferaron los stencils, con un gusto más local, tal vez por el uso de íconos de la cultura de masas de acá. Y los tags, que los vi casi iguales en Bolivia y Brasil: un fenómeno global, irradiado desde la extrema necesidad de los negros del Bronx, exportado como algo cool por marcas y discográficas. El sueño tan americano de ser famoso. Que cada vez comparten más personas en cualquier ciudad populosa donde se ponen algunas figuras bajo el reflector y se deja al resto en las sobras del anonimato.

En 2002, con Alejandro Güerri empezamos una revista literaria digital: Ñusléter. Mandábamos por mail, usando conexiones de dial-up, un mensaje (sólo texto) con prosas, poemas y demases. Una de las secciones se llamaba Grafitti: la propuesta era copiar frases leídas en las paredes y registrar su ubicación. Muchas lectoras y lectores se prendieron y nos mandaban transcripciones de las pintadas que se cruzaban. Todavía me asombra y alegra encontrarme por la calle con frases que leí en mails hace varios años, y son notables las pilas y la buena fe de todas las personas que colaboraron. Pueden leerlos acá.

Pasaron varios años de Ñusléter y cambiaron muchas, muchas cosas. El pasaje de la cultura del texto a la cultura de la imagen se aceleró y profundizó. Se extendió el uso de las cámaras digitales (aumentó el número de megapíxeles) y los celulares con cámaras de fotos. Internet evolucionó al 2.0: blogs, comunidades, redes sociales, la onda de participar, compartir, interactuar con todo. Y Ñusléter mutó -aumento del equipo, cambio de tecnología y de enfoque mediante- en GRaFiTi.

Arrancamos con bastante rigor y celo por la frase, pero pronto notamos que en la calle conviven muchas formas de expresión diversas. Los murales de street-artistas, los dibujos de aerosol monocromático, las pintadas inspiradas por el amor, por la pasión futbolera o por el rock, los trazos herméticos de los taggers y bombers, los esténciles con imágenes elocuentes, las escrituras en fibrón o líqüid, las fotocopias pegadas y los calcos, las rayaduras en madera o cemento fresco, todas son marcas vivas de las personas que habitan la ciudad. Voces o gestos que te llaman desde todos los rincones. Cada cual con su singularidad, de a ratos te hacen perder de vista el acoso monótono de las publicidades. Uno de los grandes favores que nos hacen. Y como con cualquier mundo en el que te adentrás, cuanto más atención ponés, más cosas descubrís. Un mundo con una vitalidad tremenda y un entusiasmo que contagia: “Hacelo vos mismo”.

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