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Museos de Nueva York

Todos los museos de Nueva York que visité fueron con entrada gratis o pago a voluntad (“Pay What You Wish”: uno, dos, tres dólares…): el Metropolitano, el Guggenheim, la Neue Galerie, el de Brooklyn, el Studio Museum de Harlem, el New Museum y el International Center of Photography, el PS1 del MOMA y el Museum of the Moving Image en Queens, el de Historia Natural. Aunque podría haber pedido un descuento, pagué los razonables cinco dólares del Drawing Center con gusto.

El único que no pude visitar los días gratuitos (viernes de 4 a 8 pm.) fue el imperdible Museo de Arte Moderno. Decidí ir el martes de la tormenta de nieve, cuando casi todo estaba cerrado, y obviamente muchas personas razonaron igual: muy numerosa la concurrencia.

Mientras hacía la cola, vi el cartel con los precios de admisión: Entrada General $25. No hay dudas de que la colección del MOMA los vale, pero resultaba un poco oneroso para un trabajador sudamericano y mal acostumbrado, sin entrar en detalles tales como que las obras (y las salas) pertenecen (como en casi todos los museos nombrados) a unas pocas familias y fundaciones de las más ricas de NY y del mundo, quienes con esta prestigiosa forma de filantropía (compartir “su arte”) desgravan impuestos, lavan su imagen y ostentan con buen gusto su riqueza, por lo cual mientras logramos redistribuir sus fortunas (sin matarlos, de ser posible) sería más justo que todos los museos fueran gratis.

Lo cierto es que si quería entrar iba a tener que comprar mi ticket, y estaba dispuesto. Pero miraba el cartel y no me parecía justo. Los jubilados pagaban $18 y los estudiantes $14 (con identificación). Y eso me dio una idea: resolví tomar una hoja de mi libreta y hacerme una credencial de estudiante auto-didacta, en letras de imprenta mayúscula y lo más prolija posible (con un guiño).

Cuando llegué al mostrador y el empleado me miró, simplemente le dije “Student” y extendí mi tarjeta. El hombre morocho frunció el ceño y me contestó que no creía que eso sirviera en su país. Le dije que en el mío quizás. Su compañero de al lado, un moreno, paró la oreja, y cuando vio la tarjeta largó una risa: “Nunca vi algo así. Seguro es una buena universidad. Deberíamos darle una de Estudiante,” dijo. Y el otro sonrió y accedió.

Me dio mucha alegría que mi invento funcionase. Con la plata que ahorré me compré la cena.

self-taught student ID for MoMA

Un día en Nueva York

Mi primera noche en Manhattan, terminé colado en el Guggenheim.
Llegué al mediodía a mi cuarto en un lindo departamento, piso 15, Uptown, cerca de Wahington Heights. Charlé con mis anfitrionas, Miroslava y Poli, y reposé un rato.
Antes de las 2 me abrigué, cargué el termo, y salí a pasear por el bello Central Park. Bajé del subte en el Museo de Historia Natural, y me perdí mateando por los senderos entre rocas, lagos y árboles, y de a ratos la vista de los rascacielos.
Cuando me terminé el mate, encaré para el Museo Metropolitano (PWYW).
El Met es infinito; mi capacidad de atención, no. Así que me dediqué a las salas de arte moderno, la de fotografía, y la de Velázquez. Más que suficiente para una tarde de jetlag inadvertido. Tras dos horas y algo de maravillas, me retiré.
Al salir, a dos cuadras, vi una cola: la Neue Galerie abría sus puertas gratis. Sabía que era pequeña y un amigo pintor me la había recomendado. Así que hice la fila charlando con un neoyorkino que había vivido en Brasil y gustaba de conversar en castellano. El aire estaba a unos cero grados centígrados.
Cuando entramos nos quedaban 40′ para recorrer los dos pequeños y lujosos pisos. En el primero, la mayor parte del público se amuchaba en torno al precioso cuadro de Klimt que se convirtió en película, “La dama dorada”. Aproveché para ver el resto de sus trabajos y en la sala contigua darme un banquete de Schieles y Kokoschkas: me tenía que agarrar la mandíbula para no dármela contra el piso. Ver esas pinturas, que me habían cautivado en pantallas y libros, en su dimensión real y una junto a otra, me conmovió. Los últimos 10′ me asomé al piso superior y descubrí a Alexei Jawlensky, grata sorpresa; y los últimos 5′ bajé a saludar a Schiele antes de irme.
Al salir, me di cuenta de que estaba a una cuadra del Guggenheim y decidí apreciar su arquitectura. Me encontré con que adentro un montón de gente elegante tomaba tragos, charlaba y movía las patitas al ritmo de una DJ. Me acerqué a la puerta para averiguar de qué iba el “Art After Dark”.
Los morenos de la puerta me preguntaron si era miembro. Les respondí que no. Que había llegado ese día a la ciudad y que mi guía recomendaba el primer viernes del mes ir a la noche a ese museo. Me explicaron que el evento era sólo para “members and guests”. Que a la vuelta de la esquina había un ingreso con tickets, pero se habían agotado. ¿Y cómo hago para entrar? “Buy a membership” (USD 85). Sí, pero no tengo Internet en el teléfono, me excusé. Podría ser invitado, les dije. “Yes, make friends”.
Me quedé en la puerta viendo quién podría invitarme. Venía bien vestido, aunque las botas de trekking se veían un poco diurnas. Vi pasar dos parejas, un par de señoras con cara de no gran simpatía. Charlé con una chica, pero también guest, entró con un pibe. La temperatura había bajado. Me estaba dando hambre. Volví a preguntarles a mis amigos: One more question: ¿Hay un lugar cerca, no muy caro, donde comer algo antes de entrar? “Sure, round the corner, Three Guys”.
Fui a comer al restorán de un griego. En la barra me atendió un mexicano que, en solidaridad latina, me recargó el sándwich, “gyro de pollo”, y me regaló un vaso de Ginger Ale (“yinyerela”, la llamaba): le dejé un buen “tip”. Aproveché para escribir algo del vuelo y la tarde. Pagué, saludé al griego, admirador de nuestros vinos, y salí otra vez a la noche fría.
Volví a la puerta del museo y había otro custodio. Le comenté sobre mi llegada reciente, desprevenido, y consulté cómo podía entrar: me volvió a decir “only members and guests”. Ok. Me quedé esperando a la persona que habría de invitarme y se demoraba.
Los “members” que llegaban lucían poco abordables; otros venían con tickets y los derivaban “round the corner”. Salieron otra vez mis amigos morenos y empezaron a juntar los postes y cintas que se usan para armar filas cuando se junta mucha gente. Dejaron un corredor. I’m usually lucky, les dije, someone will invite me. Se rieron. Me preguntaron de dónde era. Argentina. “Oh, Maradona”. Oh, yeah!
Llegaron tres parejas. Members or tickets?, les pregunté. “Tickets”. Los mandé a la vuelta. I’m a guest already, les conté a mis amigos, but not yet. Se metieron a refugiarse del frío. Llegó un grupito más. Members or tickets? Round the corner. Y así hice con los siguientes dos grupos. Y seguí esperando. No mucho, porque al rato sentí a mis espaldas: “Hey, Argentina, come in”. Me abrieron una puerta y le hicieron señas a la recepcionista. Thank you very much, guys!
Entré, dejé mi abrigo, y me dirigí a comprar un ticket para una cerveza. Lo pedí en inglés: A beer, please. El tipo me respondió: “Ok, y un trago gratis en el tercer piso”. Muchas gracias, primo, y tip.
Después de recorrer toda la pendiente espiralada, maravillado por todo lo que veía (me ahorro los nombres), fui al tercer piso por mi trago. También servían bocados: quesos, frutas, pop-corn. Charlé con desconocidos amables. Me tomaron una foto para el Instagram del evento. Terminé mi rico trago (base de vodka) y cambié mi ticket de cerveza por otro. Tip. Más charlas y bocados.
Al terminarlo, acudí al barman (la chica había sido más estricta), y le pregunté si el tercero era gratis. “Si me dejás un tip, te hago uno,” propuso. Obvio. Y mientras lo saboreaba, llegó una chica y me dijo: “Tengo que salir y no puedo con el vaso. ¿Querés otro trago?” Of course! Thanks!
Después del cuarto volví a recorrer muy contento las galerías espiraladas, y me di por satisfecho, ya pasadas las 11. Saludé, agradecí de nuevo a los amigos de la entrada, y emprendí la vuelta a la casa, Uptown.
La colectivera morena que me cruzó el Central Park hasta el subte Línea A no me quiso cobrar.
Me sentí muy very welcome bienvenido.

“Últimas y primeras (impresiones)” de Pablo Ziccarello

Curaduría de la muestra de fotos, pinturas y video de Pablo Ziccarello en Espacio Pla, del 10 de marzo al 29 de abril.

Dilusiones ópticas

Habría que generar un término, porque eso es lo que Ziccarello hace con imágenes, morfología generativa: a partir de formas dadas, hibrida y trae en existencia combinaciones inusitadas. Por ejemplo, “dilusionista”, una persona que por medio de un acto o pensamiento diluye la ilusión del acto o pensamiento, en aproximación constante al límite de la desilusión, como una asíntota, y borroneando la línea en lugar de cruzarla.

Como un niño demiurgo, Pablo mira un cielo donde las luces que titilan aún no tienen nombre, y se inventa juegos para llegar a resultados distintos a partir de las mismas reglas (materiales desafiantes, no forzar las formas, apartarse a tiempo cuando surge la belleza). Repetir y variar, variar y repetir, sirven también como estrategia de supervivencia: un método para olvidarse de sí en un puro presente lúdico. Las obras parten de una fuerte inspiración biográfica y se despersonalizan a niveles siderales.

La muestra conforma una síntesis retrospectiva donde las últimas y las primeras preguntas se hacen eco. Una cronología extrema, a modo de aporía.

Optimum non nasci (1997) es fotografía y también dibujo. El sujeto de la imagen es y no es un cráneo; es y no una luna. Una declaración escéptica de principios, y un uso irónico, polisémico, de la analogía.

Cuaderno Rojo (2017) es pintura, libro y video. Existe un cuaderno lleno
de seducción abstracta y con las vueltas espiraladas del tiempo: una puesta en abismo, en cada página se registra un juego improvisado en el que hay que inventar reglas de juego. Del deseo circular e insatisfecho surge un goce gestual, imágenes tocadas y toda la superficie como zona erógena. Se rehúsa llenar un vacío y en cambio se orbitan sus bordes. Luego las hojas se ponen en movimiento perpetuo y vacilante: del mantra al loop, los círculos y líneas de tiza pastel se convierten en los ceros y unos de un vídeo donde las páginas pasan incesantes, febriles: del placer táctil del papel al de la pantalla, un universo cerrado que muta cíclicamente.

Polvo (2016) es donde se esparcen partículas de tiza sobre una superficie negra y se las fija en composiciones que remiten a objetos astronómicos. Luego, de lo dactilar a lo digital, se añade el ruido de los píxeles, como un tamiz que agrega materia/sentido en lugar de sustraer. Finalmente, al imprimirse, los dibujos/pinturas se transforman en fotografías. Un humilde aporte de galaxias por venir, recuperando la tradición mítica de crear astros como ofrendas para amantes mortales, o quásares, púlsares, nebulosas que flotan en algún rincón ignoto del universo.

Entre la última y la primera obra hay veinte años (luz) de distancia, en el transcurso del tiempo se notan las constantes del método “dilusionista”, como un deseo imposible de cumplir o abandonar: la obra es y no es lo que parece.

Alix de La Barrière, Fernando Aíta
Marzo 2017

“Las niñas del ojo” – fotos de Alix y Azélia de La Barrière

Curaduría de la muestra de fotos móviles de Alix Instagram y Azélia de La Barrière Instagram, en el Club Cultural Nivangio, del 21 de febrero al 7 de marzo.

En 2000 una joven madre deja Francia, su pasado; llega a una Argentina, devastada y promisoria, en busca de libertad. En 2017 la hija parte de nuestra querida Buenos Aires y regresa a su tierra natal para seguir su formación en la “ciudad luz”. Espejos rebeldes: simetrías, diferencias, ironías. Celebramos la búsqueda de nuevos horizontes.

Cuando miramos a los ojos vemos en el centro nuestro reflejo diminuto. “Niña del ojo”, sinónimo de pupila, nombra a alguien o algo muy querido.

Esta exposición es un ritual de despedida. En un juego de correspondencias, madre e hija intercambian fotos, las entremezclan, haciendo difusa la autoría y poniendo el foco en el diálogo entre imágenes. En una colaboración sin jerarquías, cada una aporta su forma de ver las cosas −Alix con la experiencia y perspectiva de años de práctica; Azélia con la soltura de una generación llamada post-fotográfica (iPhone e Instagram)− y nos participan de una conversación íntima, afectuosa.

Las niñas regulan la luz que entra al ojo: cuando la pupila se expande, el iris se reduce. Los iris de cada persona son únicos, como las huellas dactilares, marcas de identidad, donde se encuentran lo heredado y lo particular.

Las dos usan los mismos instrumentos −teléfonos celulares− y comparten sensibilidades cultivadas en la atención a los detalles, el gusto por las formas sutiles, juegos cromáticos, visiones sugerentes, delicadezas. Cada una posa su mirada sobre plantas, arquitecturas, reflejos, flores, vistas de entrecasa, instantáneas de la vida en común.

Las coincidencias son notables; las singularidades, visibles. Sin perder de vista que en sucesivas elecciones de qué, decisiones de cómo, en charlas simultáneas de motivos, formas y colores, las fotos de una y de otra van hilando momentos, espacios, personajes, experiencias de los días juntas.

FA, Febrero de 2017

Para ver más es sus Instagrams:
Instagram Azélia de La Barrière
Instagram Alix de La Barrière

Nueva edición del Magazine Errorista

erroristas

El 11 de septiembre se lanzó una nueva edición del Magazine de la Internacional errorista (que tuve el gusto de traducir) con textos de Franco Berardi – Bifo, Jeremy Rubenstein, Cynthia Shuffer y Paula ArrietaBruno Nápoli, Stephen Wright, y más en camino. Pasen y lean: http://www.erroristas.org/es/magazine

 

“Furgón flashero” en el CCC

afiche furgón flashero en el CCC

 

Todas/os invitadas/os a la muestra Furgón flashero (fotos estenopeicas y textos) en el Centro Cultural de la Cooperación Floreal Gorini, Av. Corrientes 1543 sala 1ºS., CABA.

Las fotos y los textos de “Furgón flashero” surgen de ir a trabajar en bici, de ida por las mañanas y de vuelta al mediodía, en los trenes diésel de la línea Roca, ramales a La Plata y Bosques, llevando una cámara estenopeica hecha con una cajita de fósforos…

Inauguración: Jueves 8 de septiembre, 19 hs.

La muestra podrá visitarse todos los días hasta el 1º de octubre.

Acá el evento para quienes usan Facebook:
https://www.facebook.com/events/1635852290038448/

 

Flasherización en el furgón

La producción artística contemporánea no puede desplegar sus artilugios estéticos sin agrupar algunas ideas y acciones que definen un posicionamiento ético de quien organiza su construcción. En el caso de la muestra Furgón flashero de Fernando Aíta encontramos imágenes y palabras que provienen del argot popular, el flash de luz en una superficie sensible, y sus derivas lumínicas del natural fantasean con atmósferas enrarecidas, al elaborar una imagen definitiva con una cámara estenopeica realizada de forma casera. Y a la vez, se desliza lo “flashero” en la semántica de esa iluminación que atraviesa el contexto social del furgón de los viejos trenes del conurbano bonaerense, espacio de sociabilidad que entrecruza a laburantes de todo tipo y costumbre, junto a merodeadores y saltimbanquis de la vida –entre farsas y acrobacias de subsistencia- en la que resuelven y comparten sus historias cobijados en el humo del “faso” furgonero. La cámara reinventada con una cajita de fósforos, elemento indispensable para prender un faso o pucho, también nos “flashea” en su propia materialidad precaria y diminuta transformada en un dispositivo fotográfico que captura sentires y pesares de la realidad.

¿Qué se flashea desde el furgón? Las fotos estenopeicas de Aíta resultan una grata metáfora que no busca precisar detalles en la imagen y un sentido concreto y verídico de la realidad, sino que amplia en su espectro y lenguaje otros modos de transitar la vida, que no deja de ser hostil, pero que siempre está abierta al encuentro con nuevos y habituados sujetos del furgón.

¿Cómo reactivar los sentidos puestos en tensión durante la exhibición de fotos en el furgón? Aíta relata el encuentro de fin de año para brindar y celebrar la juntada con los viajeros de siempre, y entre todos los participantes, elegir las fotos que se van a pegar y mostrar en las paredes y techo del tren. 

Entonces, ¿de qué manera podemos potenciar ese momento? En principio dándole visibilidad a esa producción, y al mismo tiempo, entre textos, testimonios y relatos en imágenes poder recobrar parte de la experiencia del encuentro colectivo, que lo sitúa a Fernando Aíta entre el hacer y sus ideas, en la construcción de sentidos más allá de las limitaciones del propio arte.

Juan Pablo Pérez

Furgon Flashero CCC-web

Independencia-Imaginaria

indep

La muestra colectiva Independencia-Imaginaria propone un recorrido reflexivo a partir de los cuadernos de escuela. La independencia es una utopía que se renueva diariamente, y hace 200 años fue una realidad contundente. En el marco del Bicentenario urge preguntarnos por ¿Independencia de qué?, y por la construcción de su imaginario amplio y estático a la vez, retazos de una de las potencias que lo cimentó: la escuela pública desde finales del siglo XIX, y las sucesivas marcas discursivas en letra e imagen de los cuadernos de primaria. Las amaniatadas y repetidas caligrafías, generación tras generación, sedimentaron nuestro imaginario común para que no se aparte de una forma “verdadera” y “genuina”, sosteniendo fidelidad sin fin a un “origen”. Sin embargo, ¿qué significa hoy INDEPENDENCIA? ¿Los imaginarios son fijos, invariables, cerrados y cristalizados, hasta reprimir la fresca imaginación cuando se dice: los próceres no se dibujan? Cómo decir Independencia hoy, lejos de toda abstracción y vacío de sentido frente al abismo de un tiempo nuevo en la historia presente. Serán nuevas palabras e imágenes en conflicto las que decanten y desborden los discursos hegemónicos. Mientras tanto, ¿qué mejor que activar las independencias por venir?

Inauguración: Jueves 7 de julio, 19hs
Sala Espacio 1ºs
Centro Cultural de la Cooperación Floreal Gorini
Av. Corrientes 1543 (CABA)

Participan de la muestra
María Paula Doberti, Felix Torrez, Virginia Corda, Eduardo Molinari, Mercedes Fidanza, Andrés Aizicovich, Maria Inés Afonso Esteves, Javier del Olmo, Julia Cossani, Fernando Aita, Silvana Castro, Ernesto Pereyra, Raquel Masci, Federico Geller, Nelda Ramos, Norberto José Martínez, Esdian Boyadjian, Laura Kuperman, Andrea Trotta, Sebastián Preliasco, Laura Romano, Julieta Colomer, Natalia Revale, Alesia Gervasi, Paula Banfi, Cecilia Iida y Laura Lina.

Curadores: Hernán Cardinale y Juan Pablo Pérez

Aquí puede leerse/descargarse la edición de Arte Urgente con textos de la muestra: CCC_ArteUrgente03-2

El vendedor de espirógrafos

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Entre tantas pálidas y malas noticias, en medio de la rutina y de la locura céntrica, hoy tuve la suerte de encontrarme con una persona formidable.
Me desvié dos cuadras del recorrido habitual, en vez de Sarmiento agarré por Mitre, y fui llevar un ejemplar de “Lengua extranjera” a la biblioteca en formación de la nueva carrera de Artes de la Escritura de la UNA.
Volvía por Callao a mi circuito y en la esquina de Perón, junto a un puesto de diarios cerrado, vi a un flaco, en una silla y con un tablero sobre la piernas, dibujando “mandalas” con un set de reglas.
Me detuve a mirar los dibujos y empezamos a conversar: mientras cambiaba de birome y seguía dibujando, me contó que se trataba de un espirógrafo. Que el sistema de engranajes permitía hacer distintos diseños, distraídamente, sin frustrarse. Que era un juguete muy barato para los chicos, pero lo recomendaba de los tres a los ochenta años, porque todos necesitamos crear formas. Él siempre sugería tener varios colores porque con el color aparece la creatividad. Tomó la hoja con la que estaba jugando, escribió “Soy feliz” y me la regaló.
Le conté que trabajaba de lechero pero también escribía, y hacía fotos estenopeicas: le mostré la cámara flashera, y le hablé de sus orígenes en Bolivia, trabajando con chicos que vivían en la calle. Me contó emocionado que él había estado en esa situación, y su sueño era abrir un espacio donde los chicos pudieran jugar y crear. Que estaba contento de conocerme, que por algo nos habríamos encontrado.
Le tomé un retrato, que espero salga bien para poder llevárselo de regalo. Y obviamente le compré un espirógrafo.
Gustavo, un alma generosa, que sostiene un modesto negocio en la intemperie, y regala belleza; una gran alegría conocerlo.

espirógrafos

Nota: Parece que el espirógrafo lo inventó un matemático polaco pero lo patentó un ingeniero inglés: https://es.wikipedia.org/wiki/Espirógrafo

Nota 2: El espirógrafo humano, Tony orrico: https://www.youtube.com/watch?v=MO5cFCxSog4

Nota 3: La foto salió bastante bien, pero todavía no encontré a Gustavo para darle su copia.

gustavo-espirógrafos

“Mejor perderlo” para 3 historias en 1 clic de PH15

Acá va un relato muy breve para un proyecto de la Fundación ph15: nos enviaron una foto tomada por chicos del PH15 a un grupo de escritores, y les pusimos palabras. También pueden ver las ilustraciones que varios artistas hicieron a partir de las mismas fotos.

Muchas gracias a Silvina Gruppo por la invitación a tan buena convocatoria.

http://3historiasen1clic.tumblr.com/post/143213906921/mejor-perderlo-había-perdido-mi-primer-trabajo-de

Magazine de la Internacional Errorista

Erroristas

Tuve el gusto y el honor de traducir varios textos (al castellano y al inglés) para la edición “Estado de emergencia / Estado de excepción” del primer magazine de la Internacional Errorista.

Este es su sito web. Pasen y lean: http://www.erroristas.org/es/

“Furgón flashero” desplegable

Las piezas gráficas que diseñamos con Hernán Cardinale, y la invaluable ayuda de Alix de La Barrière, Daniel Liñares y Alejandro Güerri.

desplegables de Furgón flashero

desplegables de Furgón flashero

desplegables de Furgón flashero

Pronto disponibles en los mejores lugares amigos.

 

El guiso póstumo

A los pocos días de que murió mamá, una tarde, me ocupé de vaciar su heladera.

Después del viaje a Cuba con su hermana, y antes, ya le costaba mucho comer. Y estuvo internada un mes, así que no había demasiado. Algunas cosas parecían congeladas desde mi infancia. Porque las heladeras habían cambiado, aunque no más de cinco veces en treinta años, desde la Siam en tonos marrones, un fierro, rectangular, con puerta de manija plateada y congelador, hasta la última de plástico blanco que ni me acuerdo la marca. Pero el uso de los espacios se mantenía el mismo en todas. La llegada del frízer había cambiado ligeramente el repertorio.

En la puerta había desde siempre un par de huevos, unos dientes de ajo y sus pellejos, una bolsita con un poco de queso rallado, unos pomos retorcidos de mayonesa y mostaza, pimienta blanca, condimento para pizza, algunas gotas (reliverán) y pastillas, un poco de manteca, medio limón, un pomito de la Gotita, una botella de agua (o jugo en polvo) y una leche. En los estantes una ollita con sopa (que le había hecho yo un mediodía), un queso crema vencido, unos zapallitos y unas cebollas medio secas, dos papas, unas tapas de empanada que su amiga Mary (la vecina del fondo) le traía del trabajo. Tiré todo.

En el frízer había unos postres, unas bolsas con pastas (fideos y ravioles, hechos por mi hermano), y un táper con tuco: todo eso me lo llevé a casa.

En los días siguientes, fui comiendo las pastas con pesto, manteca o aceite, y queso rallado. Una noche, solo en casa, me dispuse a comer unos fideos con el tuco. Recién ahí me cayó la ficha de que iba a ser la última vez que probara una comida cocinada por mi vieja.

Cuando abrí el táper (soy daltónico), no se veía rojo: se veía verde. El tuco resultó ser una sopa de verduras.

La puse en una olla y al fuego para descongelarla. Se desprendió un aroma tenue, incierto. Cuando se derritió la mitad, le separé un poco para mi hermano, en un vaso de plástico deportivo con tapa y sorbete. Y dejé calentar bien el resto para servirme un plato.

Me senté a la mesa, y me abstuve de agregarle sal o rallarle queso. Cuando probé la primera cucharada se me hizo agua la vista. Un caldo liviano, amarillo pálido verdoso, con trocitos de apio, cebolla, zapallito, zanahoria, papa. Medio dulzón y con un toque ácido. Los condimentos de siempre, sal y pimienta, quizás una pizca de nuez moscada.

Mamá preparaba unos canelones con tuco, unas milanesas de nalga, unos matambres arrollados de la san puta: cocina simple y deliciosa. La sopa no estaba rica, la verdad. Pero tenía el gusto tan familiar de las cosas hechas rápido, prácticamente, con lo que hubiera en la heladera (o una escapada al kiosco/almacén: andá y traé…), lo más sano y sabroso posible, y sin repetir la comida del día anterior.

A cada cucharada, desde las papilas, se me iban despertando recuerdos, imágenes, escenas en la cocina cambiante de la casa de siempre.

Lo llamé a Lalo. Le conté. Que me había traído un táper, y que el tuco al final salió sopa. Que le guardaba.

A los días fui una escapada en bici hasta su casa, arriba de lo de mis viejos. Estaba tirado en la cama, mirando la tele.

-¿Te acordás de la sopa que te conté? Acá está.

Le di la botellita. Destapó el pico del sorbete y la probó así en frío nomás.

-Es cualquiera. Tiene re-gusto a mamá.

Se rió con los ojos brillosos. Me pidió que la dejara arriba de la mesada.

Echados frente a un partido de Boca o River, charlamos un rato: lo que nos pasaba, lo que sentíamos, el desgaste de lidiar con lo amable y cargoso de los demás, las agendas semanales.

En el entretiempo, me volví a casa pedaleando pensativo, dándole vueltas a otras cosas que ya no iban a pasar más.

 

Suelta de cenizas

cenizas

La mañana de Navidad solté en el mar las cenizas de mamá.

Habían estado en su casa desde los primeros días de enero, cuando la funeraria nos las entregó junto con la factura para pedir el reintegro a PAMI. Ni mi hermano ni yo sabíamos qué hacer con esos restos mortales. Las cenizas de mi viejo, escépticamente, ni siquiera las habíamos retirado del crematorio. Y las de mamá descansaron todo el año en un “cofrecito”, dentro de una bolsa con el logo de un cementerio, sobre la tabla de planchar junto a la heladera.

Después de acompañar a un amigo a enterrar las cenizas de su padre en la cancha de Independiente, y mientras planeaba pasar Nochebuena en la costa, se me ocurrió que el mar, con todas sus metáforas, prestaban una opción idónea, para una nueva despedida, simbólica. Mi hermano rehusó la invitación, pero me confió la tarea.

Antes de arrancar para Gesell agarré la “urna” (una cajita de chapadur), la di vuelta y le dasatornillé el fondo, y una placa de metal plateado (¿aluminio?) grabada toscamente a mano: “x Q-E-P-D x Soledad E. Scarinz (le faltó una “i”) 30-12-2013″. Adentro había una bolsa de plástico negra con cinta scotch en una punta, un paquete de un cuarto kilo. Me llamó la atención la textura: no parecía polvo, como la ceniza de un pucho; se palpaba como conchilla, como arena gruesa.

El 24 a las tres de la tarde estábamos con Alix armando la carpa; y a las cuatro, en el agua. Cuando se fue el sol, prendí el fuego del asadito, y antes de la medianoche, nos instalamos en la playa con un vino listos para ver los fuegos de artificio frente al mar y bajo las estrellas. En Mar de las Pampas el cielo se prendió fuego de colores coreográficos. Fue la primera nochebuena en cuatro o cinco años que no pasé en un sanatorio (o con uno menos en la mesa chica). Envueltos en una colcha, abrazados, nos quedamos dormidos en la arena, y de madrugada volvimos al cámping.

A las nueve, sol y calorcito, encaramos playa, y decidí llevar el cofre con las cenizas. Cuanto antes, mejor, pensé. Y preferible de día, con pocas personas alrededor. Cuando dejamos nuestros pertrechos sobre la arena -una mochila, el cofre, la bolsa de mandados con el equipo de mate-, se nos acercó una perrita negra y simpática, y una libélula de cuerpo azulado: la perrita tenía la lengua afuera. Le ofrecí agua en la mano; se la tomó la libélula, que después se fue.

Momento de arrojar las cenizas al mar. Alix me filmó para mi hermano. Caminé hasta la primera rompiente y vertí el contenido sobre las olas, cerca de la superficie del agua, para que no se lo llevara el viento. Lo sentí liberador.

Volví a la orilla y resolví enterrar la urna –la tapa la tiré al mar como si fuese un frisbi rectangular. Mientras hacía el pozo, la perrita aullaba, me imitaba, cavaba un hoyo. Después encontró una ramita recta, y jugamos a tirársela, que la fuera a buscar, y la trajera de nuevo, una y otra vez. Evidentemente, los animales necesitamos jugar, y nos atraen las reiteraciones con variantes.

Rato después, inflé un globo rojo y lo solté. El viento del norte soplaba paralelo a la orilla, y el globo fue dando saltitos por la arena mojada hasta un grupo de tres niños de menos de un metro. Uno logró agarrarlo. Al rato se le escapó y siguió su viaje hasta un niño siguiente, y así hasta que lo perdimos de vista: sabiendo que hasta su último momento le podía dar a cualquiera una alegría simple, inesperada.

 

Ediciones independientes vol. 7

Ediciones independientes vol 7

Tuve el gusto de participar en esta muestra junto a colegas con proyectos en distintos lenguajes, formatos, soportes: música, dibujos, fotos, proyecciones, esculturas, y otras/os.

Me saqué las ganas de leer “Presteza”, un cuento que se encuentra cliqueando acá. Muchísimas gracias por el silencio atento a todas las personas que escucharon la lectura, y a mis colegas, organizadoras, anfitrión/as. Una gran noche.

 

Efecto Kuleshov Nº 3

tapa kuleshov 3

Ya apareció la revista Efecto Kuleshov 3, financiada colectivamente a través de Panal de Ideas.

Participo con una nota, “La lengua popular” (y encargué una remera).

Acá pueden ver los números 1 y 2, y parte de lo nuevo: http://www.efectokuleshov.com.ar/

8cho y och8, el libro

Esta antología propone ocho temas, cada uno abordado por ocho artistas visuales y ocho escritores. A partir de un mismo disparador, cada participante trabajó con su propio estilo, género, técnica y disciplina. Tenemos como resultado el despliegue de un abanico de posibilidades estéticas que da cuenta de un segmento de la actividad artística y literaria actual. El libro en su versión impresa se presentó el día viernes 24 de octubre a las 19 hs. en el auditorio David Viñas del Museo del Libro y de la Lengua, en la Ciudad de Buenos Aires.

tapa 8y8 el libro

Ñusléter #2014

ñusléter 2014

Después de un rato, apareció un número nuevo:
Ñusléter #2014 -mensaje anacrónico de literatura
http://www.niusleter.com.ar/ 

Día de la Pachamama

9am. nublado en El Jagüel, pedaleaba por Evita y frené en una parrilla, para orientarme sobre Arenales, que no entraba en mi mapa, y porque escuché al señor decir “ruda y caña”.
Un mostrador ocupaba todo el frente; de uno y otro lado, una ronda de mate. La doña cebaba sentada a una mesa; el parrillero empezaba su ritual del fuego y le convidaba la bebida del 1º de agosto a una chica con campera de Pepsi, y otra señora amiga en la vereda. En un cartel tallado se leía “En la parrilla del Negro manda El Negro”. La chica de Pepsi aceptó el trago y le gustó.
Buen día, ¿están tomando caña con ruda?, me metí. Yo tengo preparada en casa, pero me olvidé de tomar antes de salir. El Negro me invitó una copita. De una botella llena de planta, que venía macerando hacía un mes. Muchas gracias, ¡salud!
¿Le pregunté a la chica si también levantaba pedidos? Pero no, el marido le había mangueado la campera a un repositor o un camionero. Me indicaron cómo llegar a la calle Arenales, del otro lado del arroyo. Muy agradecido, salí pedaleando, con un gustito herboso y dulzón a tierra y contento.

la parrilla del negro