Una biografía grafitera

pinto y me voy - Gutiérrrez 1200, Dock Sud

Cuando coleccionás grafitis (supongo que pasa con cualquier cosa que colecciones), no podés dejar de notarlos. Además de que abundan. Creo que, más allá de la obsesión, en la ciudad no hay una sola cuadra sin marcas: aunque sea una firma, un dibujito, un mensaje, fijate bien, porque en algún lugar están. Es lógico, natural podría decir: ese impulso expresionista incontenible. No hay que ir hasta las cavernas. Dale un lápiz a un nene y libertad, y lo más probable es que pinte una pared.

Con la escolaridad llega el control (empecé primer grado con Malvinas). Recuerdo siempre como una tensión las ganas de dejar los nombres/apodos, los clubes, las bandas, o corazones, o saludos, o bromas, en bancos, en paredes, en puertas. Y los castigos, y los sermones sobre que mis derechos terminan donde empiezan los de los otros, el no confundir libertad y libertinaje, no hagas acá lo que no harías en tu casa… ¿Qué dicen? Si mi pieza la tengo toda pintada… Y las carpetas llenas de garabatos. Y en séptimo me acuerdo de la costumbre de fin de curso de escribirse todos los guardapolvos: el deseo de individuarse donde las instituciones uniformizan.

Sobre todo en la adolescencia, que hay una necesidad irreprimible de expresarse. Pero a los chicos no los dejan apropiarse de su “segunda casa”, con el argumento de que son espacios compartidos (bueno, que los otros pinten también); de que es desprolijo o sucio, es decir vandálico, lo que en realidad significa: acá la autoridad está siendo desafiada. Creo que hay problemas en las escuelas (públicas o privadas) mucho más profundos que la apariencia de sus edificios: eso es una simple manifestación de un orden que se desmorona, porque las formas nuevas lo están desbordando.

Empecé a prestarle a los grafitis otra atención entre los once y los doce, porque los hermanos más grandes de mi amigo El Chueco, andaban por la plaza y las esquinas con un aerosol, que nosotros usábamos, tímida y emocionadamente, en un cuarto de herramientas al fondo de la casa de ellos. No podíamos ser más obvios: “Pink Floyd The Wall”. Me acuerdo en ese entonces de Los Vergara escribiendo grafitis. Tenían una seccion en la revista “Eroticón Humor”: frases ocurrentes que involucraban a políticos y personajes de la cultura o la farándula. Hace poco descubrí en Dock Sud una pared llena de frases ingeniosas de ese estilo debajo de un gran “Feliz 1991”, pintada por los vecinos, deduzco. Pienso que es un fenómeno muy ligado al afianzamiento de la democracia: cuando se volvió a poder circular de noche (aunque la policía siga siendo de la dictadura). El fin del silencio aterrorizado. La vuelta de los partidos políticos y sindicatos. El destape. El comienzo de la FM y el aluvión del rock.

Durante los ’90s, mi adolescencia, tengo el grafiti asociado con bandas emergentes: pintar con aerosol y pegar calcos eran parte del camino hacia la fama tanto como conseguir fechas, repartir volantes o grabar un demo. Por esa época egresaban las primeras generaciones que habían vuelto a tener centros de estudiantes. Eran los años de la Ley Federal de Educación, y de los indultos de Menem. También de los escraches y el surgimiento de HIJOS. Los murales en aquellos años los hacían las organizaciones sociales, y muchas veces suponían toda una estética militante, latinoamericanista, con referencias cubanas y del caribe revolucionario. Paralelamente, a nivel macro la política se convertía en sinónimo de transa, y comenzaba el descrédito que iba a terminar a principios del nuevo siglo con el “Que se vayan todos”.

También los 90s fueron la época de la clase media viajando por el mundo. Hasta los más ratas podíamos llegar por tierra hasta Colombia, Perú, por lo menos: una horda de cronistas que traían novedades. La época del neoliberalismo feroz, la globalización, las importaciones: CDs, TV por cable, PCs clonadas, Internet. Fueron cambios culturales muy profundos, en la forma de percibir el mundo y de comunicarse. El diseño se convirtió en un requisito casi indispensable para cualquier cosa a compartir: el mejor ejemplo, me recuerda un compañero, es el flyer para invitar al cumpleaños.

Para 2001 estaba realmente espeso el clima. En las calles había mucha gente. Empezaron los piqueteros en las rutas del interior, durante los años de ajuste. Después se levantaron los barrios periféricos. Luego estallaron las ciudades: Buenos Aires estaba cubierta de pintadas, muchas pidiendo trabajo y dignidad, otras expresiones de bronca o hastío, muchas apelando a la imaginación. Los que no emigramos tuvimos que poner la creatividad al mango. A la vez como tenías garantizado no ganar un cobre, mejor hacer algo que te gustara, y mucha gente se dedicó a crear. Oscar (Brahim), el taxista del documental, fue en buena medida la personificación de la época.

Algunos sitúan ahí el comienzo del arte callejero (alias street art) en Argentina. La novedad fueron los dibujos tipo historieta, o cómic, entre infantiles y empepados (pienso en la “consagración” de Liniers). Proliferaron los stencils, con un gusto más local, tal vez por el uso de íconos de la cultura de masas de acá. Y los tags, que los vi casi iguales en Bolivia y Brasil: un fenómeno global, irradiado desde la extrema necesidad de los negros del Bronx, exportado como algo cool por marcas y discográficas. El sueño tan americano de ser famoso. Que cada vez comparten más personas en cualquier ciudad populosa donde se ponen algunas figuras bajo el reflector y se deja al resto en las sobras del anonimato.

En 2002, con Alejandro Güerri empezamos una revista literaria digital: Ñusléter. Mandábamos por mail, usando conexiones de dial-up, un mensaje (sólo texto) con prosas, poemas y demases. Una de las secciones se llamaba Grafitti: la propuesta era copiar frases leídas en las paredes y registrar su ubicación. Muchas lectoras y lectores se prendieron y nos mandaban transcripciones de las pintadas que se cruzaban. Todavía me asombra y alegra encontrarme por la calle con frases que leí en mails hace varios años, y son notables las pilas y la buena fe de todas las personas que colaboraron. Pueden leerlos acá.

Pasaron varios años de Ñusléter y cambiaron muchas, muchas cosas. El pasaje de la cultura del texto a la cultura de la imagen se aceleró y profundizó. Se extendió el uso de las cámaras digitales (aumentó el número de megapíxeles) y los celulares con cámaras de fotos. Internet evolucionó al 2.0: blogs, comunidades, redes sociales, la onda de participar, compartir, interactuar con todo. Y Ñusléter mutó -aumento del equipo, cambio de tecnología y de enfoque mediante- en GRaFiTi.

Arrancamos con bastante rigor y celo por la frase, pero pronto notamos que en la calle conviven muchas formas de expresión diversas. Los murales de street-artistas, los dibujos de aerosol monocromático, las pintadas inspiradas por el amor, por la pasión futbolera o por el rock, los trazos herméticos de los taggers y bombers, los esténciles con imágenes elocuentes, las escrituras en fibrón o líqüid, las fotocopias pegadas y los calcos, las rayaduras en madera o cemento fresco, todas son marcas vivas de las personas que habitan la ciudad. Voces o gestos que te llaman desde todos los rincones. Cada cual con su singularidad, de a ratos te hacen perder de vista el acoso monótono de las publicidades. Uno de los grandes favores que nos hacen. Y como con cualquier mundo en el que te adentrás, cuanto más atención ponés, más cosas descubrís. Un mundo con una vitalidad tremenda y un entusiasmo que contagia: “Hacelo vos mismo”.

Publicado en el Blog de GRaFiTi

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