Furgón flashero: Muestra en movimiento

 

Sobre la muestra Furgón flashero.

Con varios amigos que viajamos juntos habitualmente, quedamos en encontrarnos el viernes 20 en el tren que pasa a las 12:55 por Hudson para hacer un brindis de fin de año. Cada uno llevaba una sidra, y yo propuse pegar en el furgón ampliaciones de las fotos que hace un año vengo sacando en los viajes.

Terminé de recorrer mi zona a las 12:15 (trabajo de lechero). Pedaleé hasta Ezpeleta y me tomé el tren a Hudson. En ese viaje breve ya me encontré con amigos. Miramos las fotos. Sacamos un par. Les conté del brindis. ¡Felicidades!

Bajé, agregué a un pedido algo que me llegó por mensaje, y mientras buscaba un súper para comprar las sidras, transmití la máquina. Ya libre del laburo, se venía lo mejor.

Encontré un mercado a dos cuadras: sidra helada, y me dieron unas hojas de diario para envolverlas y estirarles el frío. A la 12:50 estaba otra vez en la estación. Al rato apareció el amigo Claudio, que fue papá la semana pasada. Pensó que no llegaba, pero tenía su sidra en la mochila. El tren venía atrasado y cuando se acercaba al andén aparecieron unos cuantos compañeros más. Entre ellos El Cuervo con una coca de litro y medio (y sidra).  13:05 estábamos todos arriba, los cigarros humeantes, apretones de mano, abrazos, alegría.

Saqué las ampliaciones a color y fueron pasando las nueve de mano en mano. Impactó el efecto de verlas tan grandes, en 15×21 cm. El doble del tamaño habitual, las copias mini. El Colo quería una para su pieza: quedamos para otra vuelta; éstas las íbamos a pegar todas.

Saqué los vasos de telgopor y repartimos a todos los presentes, amigos y desconocidos, seríamos como veinte, se abrieron las dos primeras sidras, nos servimos todos e hicimos un gran brindis. Cuando todos alzamos los vasos y las sonrisas, cuando se oyó el coro de ¡salud!, y bebimos a la par, creo que a todos nos emocionó lo que estábamos haciendo. Un verdadero momento de fiesta. Un entusiasmo contagioso.

Otro pucho a la cancha, yo empecé a ponerles a las fotos cemento de contacto en los bordes. Pegué una o dos, y después las fui pasando a los amigos que se ofrecieron, así que el montaje lo hicimos entre muchos, participativo, aleatorio, con distintos criterios. Pusimos fotos en todas las paredes, dos copias terminaron en el techo, una de ellas en una puerta entreabierta, porque así se podían observar desde varios ángulos (horizontal o vertical), y para que no las arranquen tan fácil. A varios les preocupaba que las rompan. “igual es ahora para nosotros; después que duren lo que duren”. Mientras tanto, brindis y churros, charlas y risas. Sacamos un par de fotos flasheras de los brindis. Ya íbamos pasando Berazategui, vimos las diez impresiones blanco y negro, y las empezamos a pegar.

Llegando a Quilmes venía muy compenetrado poniéndole plasticola a las hojas y colocándolas o pasándolas para que otros lo hagan, cuando siento movimientos a mis espaldas y un silencio repentino. Después una voz agreta: ¿quién está tomando sidra? ¿Quién está fumando porro?

Era un prefecto que se asomaba desde el andén. Había otro arriba, al lado del ojo de buey, y cuando me di vuelta con una foto encolada lista para pegar, un prefecto más en la puerta. Un amigo que se hacía el logi como yo, me dice: “Pasame que yo la pongo”. Nos dimos por desentendidos, estábamos en otra. Los café-con-leche medio desconcertados. Se retiró la ley, se llevó un envase vacío de sidra. Y al toque volvieron los exiliados del vagón contiguo, y todos volvimos a relajarnos. Dejamos atrás Quilmes. Se encendió de nuevo la ronda de la charla: la vuelta del humo, los chistes, las risotadas.

Terminamos de pegar las copias blanco y negro, y a fumar más tranquilos y charlar, de lo que pasaba y del futuro, ideas y deseos. Circuló el toco de fotos para que todos se queden con una copia (y un link en el reverso). Varios leyeron el texto que había pegado a lo último cerca de la puerta, y compartieron esas impresiones. Me pidieron una birome para firmarlo: “Aguante, amigo. El Cuervo Martín”. Sacamos un par de flasheras más con amigos posando al lado de las fotos pegadas.

Ya andábamos por Sarandí, donde bajo, pero esto terminaba en Constitución, así que seguimos con toda la banda hasta el final. Antes de llegar se asoma el guarda. “Eh, una foto al guarda,” se escucha. Sacamos una y lo invitamos a elegirse una copia del toco como recuerdo. Así se copa y no manda más a la gorra. Cuando el tren se detiene en Consti, bajamos todos y nos sacamos una última foto en el andén, con las bicis en el suelo. Nos despedimos con una alegría enorme por lo compartido. Y cada cual a seguir con su día.

Yo esperé que la máquina dé la vuelta y enganche para volver en la misma formación. Antes de que se llene, mientras dos pibes se hacían una pipa, aproveché para capturar con el celular imágenes de la muestra, un registro de cómo quedaron las fotos puestas.

Me volví en el mismo furgón, ahora lleno de desconocidos, medio colocado y muy satisfecho, observando las reacciones ante esas fotos extrañas que alguien pegó entre los escrachos de las paredes.

Y me fueron volviendo las imágenes del viaje imborrable que compartimos. Todo tiene mucho sentido, me da un sentimiento de gran contentura y gratitud.


Ver
las fotos del furgón flashero

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